
Esta vez compartiré un texto escrito por Federico Viñas, un gran escritor, critico y sobre todo, gran amigo. Su artículo se nombra como:
¿Este accidente era de una gravedad merecedora de una atención especial y prioritaria con respecto a la atención que debería dársele a los otros mil mineros que todos los años mueren en Chile? ¿Era un hecho acaso más terrible, más desolador, más atroz que las 25.000 personas que se mueren de hambre por día? ¿Acaso se trató de un episodio más merecedor de atención que los 53 millones de latinoamericanos que pasan hambre desde que se levantan hasta que se acuestan? ¿Y qué hacemos con los niños, esos seis millones a los que todos los años se les trunca la vida porque en el estómago sólo tienen aire y enfermedades que sus países devastados no pueden curar? ¿La historia de los 33 mineros atrapados debajo de una mina era más importante que la de los atrapados por el hambre y la pobreza profunda? No.
Ahora: ¿el accidente de los 33 mineros era lindo, poético, hermoso, incluso perfecto para los medios de comunicación? ¿La imagen de sus familiares a la espera, los videos que enviaban desde las profundidades, los psicólogos que los preparaban para enfrentarse a periodistas, las promesas de casamiento, los chismes de infidelidades y la proeza de la supervivencia creaban el marco mediático adecuado y la ansiedad necesaria como para que cientos de millones de personas siguieran su rescate en todas partes del mundo? Sí, rotundamente sí.
Entonces: ¿los canales de televisión debieron haber hecho una transmisión de 24 horas casi ininterrumpidas de la fase final del rescate? ¿Debieron haber poblado los informativos televisivos centrales con amplios minutos dedicados a los mineros? ¿Debieron haber enviado a sus periodistas cuasi-actores a Chile para que repitieran una y otra vez que “el clima de emoción y júbilo que se vive en el campamento se palpita en todos los rincones”? ¿Los portales de internet estuvieron bien en colgarse de la transmisión de la televisión? ¿Estuvieron bien en actualizarse cada vez que un minero emergía de la sonda? ¿Los diarios del jueves 14 estuvieron atinados en repetir –al menos en Uruguay– la misma foto, uno a uno, y siempre con el presidente Piñera figurando como una metástasis aparentemente ineludible?
La capacidad de los medios de comunicación de fijar la agenda –es decir, de ejercer esa capacidad que tienen de determinar cuáles son los hechos más relevantes del día por el mero hecho de incluirlos en sus minutos de pantalla, en sus centímetros de diario o en sus minutos de aire– es viejísima, pero no por eso deja de ser cierta.
Todos los días, desde que leemos un título en un diario hasta que reproducimos un video en un portal de noticias, estamos prestando atención a aquello que un editor periodístico decidió que debía conocerse. Visto desde otro ángulo, nos estamos perdiendo de un sinfín de noticias y videos y fotos que fueron dejadas de lado por alguien que así lo decidió. Esa potestad es más que válida para los medios de comunicación; se supone que quienes de ellos están encargados son profesionales, están comprometidos con la vida social y tienen el criterio necesario para seleccionar lo que de verdad es relevante para los ciudadanos. Pero claro, esos editores modelo no existen. Y aunque los blogs, las redes sociales y las nuevas posibilidades de generación de contenidos ayudan a contrarrestar los atropellos informativos y de arbitrariedad de agenda de los medios de comunicación, el mal de directores y editores brutos igual se propaga como el calor.
La cobertura dedicada a los mineros chilenos fue –y sigue siéndolo– un paradigma del trastoque de prioridades en nuestros medios de comunicación, y, en segundo plano, una victoria aplastante de la espectacularización de la desgracia. Fue, también, un reflejo de la pobreza informativa, de la falta de buenas ideas y de la ausencia de una perspectiva que tome a los medios de comunicación como algo más que máquinas que estrechan mentes. Eso sí: también fue una historia capaz de erizarnos la piel, arrancarnos un par de lágrimas y levantar un circo en el medio del desierto.
Federico Viñas



