Por Martín Soca Ladereche
Varios son los temas de la agenda política global.
En un contexto de crisis, en donde la comunidad internacional está realizando esfuerzos inmensos por dar respuestas a los problemas que se han generado a raíz de ello, quiero detenerme en algunos aspectos colaterales (aunque no menores), consecuencias aparejadas por un modelo insostenible (como ya hemos expresado anteriormente desde este espacio) y que no podemos pasar por alto dada su inconmensurable importancia social. Y con esto, me refiero a la cuestión de la inseguridad, la delincuencia y las políticas gubernamentales que se ensayan o se pretenden llevar a cabo sobre el tema.
Quiero comenzar con algunas consideraciones generales.
El sistema económico actual, regido por las “leyes del mercado”, en donde el hombre es solo un valor más, una mercancía, por lo tanto “avalúa” a los individuos, con lo cual se genera una “clasificación” en la que todos tenemos un lugar. Los que están más arriba poseerán más “prestigio”, serán un “modelo a seguir” y contarán con el respeto de las instituciones de poder, sean del tipo que sea, así como del aval de la sociedad como “pro-hombres”, prototipos del “triunfo” y la “dignidad”. Por otra parte, y en contraposición, los que estén más abajo, en los últimos escalafones, serán los que más deberán pelear para poder “subir”, los menos considerados, los que generalmente serán “mal vistos” o discriminados, modelos de “lo que puedes llegar a convertirte si fracasas” y también de regla serán los que necesitarán del apoyo de un gobierno que los proteja dada su precaria calidad de vida, su casi ínfimo sustento económico, la posibilidad de su reemplazo (dado su “poco valor”) y que por lo tanto generará egresos de las cuentas de los Estados porque deberán gastar de sus ingresos en ellos. A esto se suma la idea de que generalmente son los que menos ingresos generan, menos aportan a las arcas de los Estados y que “encima” deben ser sujeto pasivo de muchos beneficios sociales, verdaderas “concesiones” de los gobiernos hacia ellos para que puedan “dignificar” su vida.
Este es el esquema actual. Todo parece tener lógica. Generalmente los sistemas tienen lógica. El problema no radica en que un sistema tenga o no coherencia. Sino en qué sistema queremos y las consecuencias de cada uno de ellos.
¿Por qué esto es así? ¿Cuáles son las bases del modelo? Para llevar adelante dicha tarea indaguemos quiénes son los “primeros” y quiénes los “últimos”.
Los primeros son aquellos que sencillamente poseen más “valor”. Es decir, los que tienen mayores fortunas. No importa si lo han logrado por medios legales o ilegales, si trabajaron o heredaron, si lo hicieron “con el sudor de su frente” o si sencillamente jugaron con el dinero, como si la vida fuese una ruleta, y les fue bien. Lo que sí importa es que lo lograron: tienen el dinero.
Los últimos son aquellos que o lo perdieron o nunca lo tuvieron. Tampoco importa en este caso si lo poco que tienen lo hacen dignamente, lo trabajan, lo heredan o en fin lo que sea. Solamente trasciende su escasez material monetaria.
Parece ser que tanto tienes, tanto vales. Esto se ha dicho repetidas veces. El problema es analizar las consecuencias sociales de ello. Pero no desde el prestigio, el poder, el “status” social, sino desde una nueva perspectiva: los excluidos.
¿Qué pasa con aquellos que no están en esa “clasificación”? ¿Qué pasa con los que están fuera de la “tabla”? Hay seres humanos que no reúnen siquiera, en muchas ocasiones, los fundamentos básicos para convivir en dicho sistema: educación, familia, y reglas de convivencia social. Son sujetos que están por fuera de las bases en que se funda este paradigma y que por lo tanto “chocarán”, entrarán en un conflicto con constante con él. ¿Por qué? Porque se rigen por otros códigos, no comprenden cómo se vive en de dicha forma, no creen en las instituciones que se han creado para creer en ellas por todos y por lo tanto no se regirán por las normas sociales preestablecidas. No tienen trabajo, ni educación, ni vivienda (en muchos casos), se drogan, son violentos, no les preocupa su salud, ni su automóvil, ni su cuenta bancaria, ni la hipoteca de su casa: sencillamente carecen de todo ello. ¿Qué es lo que tienen en esa sociedad? Nada. ¿Qué alternativas les ofrece la sociedad como medio de vida? Ninguna.
Si quien nada tiene que perder tiene todo para ganar, de ello a la delincuencia como medio de vida no hay más que un paso. Están regalados. Para que quieren buscar un empleo si nadie los contratará porque o bien no tienen lo “necesario” para trabajar en lo más mínimo o bien son directamente discriminados y nadie confiaría en ellos.
Como no hay que puedan perder, como no hay un camino del cual vanagloriarse, el cual proteger, con el cual prosperar, y no ven soluciones para su futuro ¿De qué futuro podemos hablarles? ¿Quién realmente tiene inseguridad? ¿Quién realmente tiene seguridades, certezas? ¿Él? Si no sabe que comerá mañana…o dónde dormirá…
¿Esto quiere decir que hay sujetos con “licencia para matar”? ¿Qué hay víctimas que nunca recibirán respuesta de la justicia? ¡No! Jamás pretenderemos esto. Y quiero recalcarlo ante el resurgir de posturas radical-conservadoras que plantean la cuestión en términos de estar a favor o en contra de los delincuentes. TODOS ESTAMOS EN CONTRA DE LA DELINCUENCIA. Pero hay una doble cuestión que tenemos que verla en estos términos: 1) el problema actual; y 2) el sistema que generamos. En cuanto al primero, debemos hacer nuestros mayores esfuerzos para que la delincuencia se minimice lo más posible. Pero ello sin generar un sistema que criminalice la pobreza y, por sobre todo, que la genere. Por eso es importante la segunda cuestión ya que complementa la primera, haciendo énfasis en la creación constante de desviaciones sociales y sujetos excluidos, que cada vez serán más.
Y esta actual visión sistémica “miope” fue la que llevó a familias enteras a la pobreza, en muchos casos con la consecuencia de condenar a varias generaciones enteras a ello (¿también países o continentes enteros?), aquel que no les dio educación (cuando ni sustento material tenían para sus propias vidas porque esas familias no se lo daban), en el que se crían y viven en un contexto de violencia doméstica, delincuencia, drogadicción, carencias educativas, entre tantas otras cosas, ese mismo sistema es el que luego les exige que busquen otra alternativa, que no delincan, que si hacen tal o cual cosa son esto o aquello. Lo que los empujó cada vez más afuera mismo de la sociedad, a la exclusión, a la discriminación, lo que redujo su ámbito de libertad, coartando con ello su poder de decisión, luego les reclama su “mala educación”, su “castigo”, discrimina sus “formas de vida”, combate una especie de “guerra a las drogas”, los trata de “vagos”, “violadores”, “delincuentes”, etc.
La cuestión entonces, planteada en estos nuevos términos, no es entre las posiciones de “mano dura” y las “pro-delincuente”. La cuestión es entre la demagogia y la política en serio. No podemos construir sistemas ni soluciones teniendo como base premisas falsas o interesadas, que miran un problema complejo desde una arista, un “pequeño rinconcito” (el castigo a los criminales), de algo que tiene muchos elementos a tomar en cuenta y que no puede simplificarse de tal manera.
El cometido de nuestros días será entonces modificar la realidad actual desde una doble perspectiva: acabar con la delincuencia pero ello considerando también el modelo que generamos, tendiente a la reproducción de pobreza y criminalidad.
Nadie está queriendo decir con esto que no pague el que delinquió porque hay en juego vidas humanas e intereses valederos que defender puesto que muchos no tienen riqueza e igualmente se ganan la vida todos los días dignamente sin recurrir al delito. Y ellos sufren también la delincuencia (no sólo los ricos). De hecho, en general son los que más la sufren.
Por todo lo que hemos expuesto, para intentar resolver el problema de la actualidad deberíamos apostar a invertir en la profundización de un mejor sistema carcelario: más y mejores cárceles. Con tan sólo eso, y manteniendo una eficacia relativa en los cuerpos policiales y sus cometidos, podemos mejorar mucho en la cuestión, sobre todo en la urgencia social de inseguridad y la crisis humanitaria que hay en las cárceles, verdaderos “depósitos” de “gentes”, donde se hace un postgrado en delincuencia y se alimenta el odio hacia el sistema. Pero ¿Quién invertirá dinero en “delincuentes”?
Muy probablemente los más conservadores, de aprobarse una inversión de este tipo, dirán que se privilegia los intereses de los criminales antes que en “los ciudadanos de bien”. Lo que no reflexionan es que esos mismos son los que sufrirán la delincuencia de no mejorar la situación en materia de reclusión de criminales. Otros dirán que es preferible no gastar ese dinero y en cambio bajar los impuestos, prioritario para el “desarrollo económico” y la “competitividad”. Lo que tampoco se analiza aquí es que ese mínimo ahorro será indiferente en comparación a las vidas que se cobre el delito, la violencia social que se genera y por qué no el dinero que comerciantes y ciudadanos perderán merced los robos y rapiñas, modalidad muy común del robo en estos días. Tampoco se dice que en líneas generales los que más se beneficiarán de esa rebaja impositiva son los que más tienen y por eso más pagan (o por lo menos en teoría…). Por último, otros dirán que sencillamente no hay dinero para ello.
Yo estoy convencido que el sistema carcelario de hoy es nuestro principal enemigo. En la actualidad, los delincuentes son arrestados por la policía, van a las cárceles y se les establece una pena. Pero todo ello es en vano si cuando ingresan al sistema carcelario pueden drogarse, aprender de los otros (o cobrarse “revanchas”), si se fugan como perico por su casa, si no hay condiciones mínimas de humanidad para una rehabilitación, que es la principal finalidad de un recinto carcelario (aunque actualmente todo atente contra ello). En conclusión, con el panorama actual hay muchas flaquezas en cuanto a la efectividad de las penas (reclusión carcelaria) y además “salen peor”, odiando al esquema social que los recluyó, generando aún más violencia cuando vuelven (porque el sistema carcelario es malo y se pueden fugar) y, encima de todo, reproduce pobreza y criminalidad.
Y en cuanto al problema de la perspectiva futura y el modelo que queremos, como hemos visto, ya se ha probado una gran lista de métodos de represión del delito como la “mano dura”, “tolerancia cero”, “militarización de la seguridad” y así tantas otras fórmulas que sólo atacan al delito como consecuencia de un fenómeno social.
Lo que nunca se ha llevado a la práctica es un modelo de sociedad con oportunidades de educación para todos, integral e integrador, con posibilidades económicas equitativas pero por sobre todas las cosas: una sociedad con un futuro visible y posible para cada uno.
Sin educación, sin la posibilidad real de prosperar en el decurso de los años, entendido ello en un sentido humanista de oportunidades de desarrollo de la personalidad en todas sus manifestaciones (social, cultural, económica, etc.) y no como un “sendero al dinero” (en donde, por lo tanto también habrán “senderos a la miseria”), sólo así podrán los individuos tener esperanzas sobre el devenir y no resignarán la tarea diaria de forjar su propio destino ante la impotencia de no progresar.
Porque es hoy, y no mañana, que debemos plantearnos realmente que es lo que estamos haciendo mal para que en el mundo hayan tantos con tan poco, que no puedan concebir otra realidad, que no crean en un mundo de porvenir, mientras otros gozan de los privilegios de la evolución de la humanidad.
En un mundo globalizado, en el cual con un simple “click” podemos hacer una infinidad de cosas, ver por imágenes satelitales las diferentes ciudades del mundo, la vista nocturna de París o las luces fluorescentes de las marquesinas de Las Vegas, deberíamos también contemplar que con ese mismo “click” podríamos ver a un niño llorando de hambre en África, miles de pobres a lo largo y ancho de Asia, algún vagabundo mendigando detrás de Louvre o quizás un hurgador revolviendo la basura detrás de los casinos.