Ha quedado atrás el 2010 y muchas son las reflexiones que podemos extraer de todo lo acontecido. Sobre todo, porque ha sido un año con consecuencias diferentes en diversos campos de nuestra vida.
Uruguay ha confirmado su “bonanza” económica. En este sentido, toda América crece tanto como nunca quizás en la historia y a pasos agigantados. Podemos decir que en el ámbito estrictamente económico (por oposición al político, social y cultural) hemos tenido un gran cierre de año. Los indicadores demuestran exportaciones en sus niveles más altos, una tasa de desempleo en su mínimo histórico, inversiones nacionales (impulsadas por el consumo interno) tanto como extranjeras (caso Botnia-UPM, Stora Enzo, Aratirí, etc.) que crecen y se proyectan en un futuro que parece tentador para el capital internacional.
Pero no todo es color de rosas…la teoría económica ha profundizado en la idea de que el <> es diferente al <>. Y es en este sentido en donde debemos tener mucho cuidado y sobre todo un plan estratégico para multiplicar los efectos de la “bonanza” en miras de que no seamos una nueva “Suiza” por unos años…y luego todo quede en la nada.
Las evaluaciones internacionales sobre educación (PISA) que recientemente se han hecho en el país muestran indicadores asombrosos pero esta vez para nuestra preocupación: estamos muy por debajo de sociedades que creíamos “atrasadas” con respecto a nosotros. Nuestro país tiene todavía la noción de que seguimos siendo como en los 40’ o 50’ , quizás las décadas en donde nuestro “auge cultural” o los niveles de alfabetización fueron un ejemplo regional. Hoy, por el contrario, nuestro dinero se está dilapidando en un mal sistema educativo, reproductor de las diferencias sociales (dado que los más pobres son lamentablemente los más incultos, los de peores niveles educativos, donde muchas veces estudian en ámbitos de inseguridad mientras que los sectores más favorecidos todo lo contrario). Además, nuestro sistema es un aparato burocrático, poco innovador (elemento esencial para el desarrollo de las naciones) y atrasado. En conclusión, no han alcanzado (y es claro que no alcanzarán) los meros esfuerzos económicos (si bien son un elemento central) para un desarrollo sustentable y sostenido.
Las exportaciones han crecido mucho pero también las importaciones de varios bienes y servicios que somos incapaces de producir por falta de mano de obra calificada, es decir, productos con valor agregado. De esta ecuación surge claro que hay una diferencia entre lo que vendemos y compramos: producimos, en lo que respecta a mano de obra, barato y sencillo, a la vez que compramos productos altamente desarrollados con tecnologías aplicadas mediante saber científico y trabajo humano.
En definitiva, solamente tenemos más dinero para todos (lo cual es un avance sin duda) aunque no tan equitativamente distribuido (las autoridades del gobierno, como el Director de Macroeconomía del Ministerio de Economía y Finanzas Andrés Masoller, han reconocido que no se ha podido reducir la brecha existente entre los ingresos de pobres y ricos). Esto redunda en la imposibilidad de mantener un crecimiento sin que podamos estar a salvo de las variables externas, aunque nunca en su totalidad pero sí más resguardados al devenir de la economía mundial. En síntesis, no logramos una matriz económica endógena fuerte sino que dependemos del resto en todo.
En lo cultural y social, seguimos viendo como la violencia es reina y gobierna por doquier: espectáculos públicos, en la calle, en las familias, etc., etc., etc.
Hasta ganó en un ámbito crucial de nuestra sociedad: los sindicatos, actores sociales de tan larga data como grandeza para la sociedad uruguaya. Todos los sectores políticos están de acuerdo en que hemos vivido un año de conflictos “subidos de tono” que fueron innecesarios y traspasaron sin lugar a dudas la tradicional función del sindicato: la protección de los más débiles. Por el contrario, ha sido la población entera la que sufrió los basurales de Montevideo (incluso los sectores más vulnerables a la contaminación y el riesgo sanitario no fueron los “ricos y oligarcas” sino los más pobres), el no poder cobrar el aguinaldo por el paro del clearing de cheques, los cortes de tránsito, de servicios municipales, y así una larga lista de etcéteras que no tienen sentido enumerar sino para demostrar cómo inclusive el propio partido de gobierno (quien alentó siempre al movimiento sindical a su ilimitada e incontrolada expansión) se queje de su accionar. Desde este “cristal” del mundo, alentamos el sindicalismo: entiendo que es necesario que existan y que luchen. Pero creo que todos los derechos tienen un límite: y sin duda, en este año que pasó, algunos de los sindicatos (porque no fueron todos) se han extralimitado.
Todos hemos aprendido cómo una sociedad debe buscar la mesura, el equilibrio, los puntos medios y no solo el beneficio corporativo, a riesgo de que reine el caos y se escuchen menos los que menos voces tienen, que muchas veces, sino la mayoría de ellas, es el ciudadano de a pie.
Las lecciones nos las ha dado el recorrer un camino…está en nuestras manos continuar lo que se ha hecho bien pero sobre todo pensar que un cambio es posible: el sueño de que nuestra patria pueda caminar por el sendero del desarrollo.
Y que podamos decir, de una vez para siempre, el otro “¡Nunca más!”, el que todos queremos poder gritar:
¡Nunca más pobres!
Pero desde estas páginas siempre somos más optimistas que pesimistas y optamos por aportar en lugar de negar. Es por eso que propongo en todo caso una visión a la inversa: ¡Siempre un Uruguay con posibilidades para todos!
